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Esta primera entrega de Fabulaciones Psi presenta, comenta y amplía la entrevista realizada al filósofo francés Michel Onfray, en el programa televisivo “On n´est pas couché”, conducido por Laurent Ruquier, apropósito de su libro Freud. El crepúsculo de un Ídolo (ver sinopsis). El video amerita una sustracción del show mediático, para quedarnos con las ideas del autor, quien en primera persona nos expone sus críticas a Freud y al psicoanálisis freudiano.

Onfray expone que el psicoanálisis sólo cura en cuanto a efecto placebo y siempre ha estado al servicio de las clases privilegiadas -¿Quiénes pueden pagar una o dos sesiones de psicoanálisis semanales durante varios años?-. El filósofo nos dice que el mismo Freud creía que alguien no se podía curar, si no pagaba caro y en efectivo. Esto es a lo que Onfray llama el cobro de una fabulación de Freud.

A pesar de la intención de Freud de convertir al psicoanálisis en una ciencia, dicho discurso nunca tuvo siquiera la posibilidad de serlo. Si bien, hemos escuchado a muchos psicoanalistas decir que al psicoanálisis no le interesa hacer parte del proyecto científico, por lo menos deberían reconocer que no le interesa por la sencilla razón de que no pudo serlo. Algo así como que un candidato presidencial que ha perdido las elecciones, luego diga que no está interesado en ser presidente.

Onfray destaca la relación entre el psicoanálisis, el fascismo y el nazismo, recordándonos la dedicatoria que Freud hizo en una de sus obras al dictador italiano Benito Mussolini: “A Benito Mussolini, con el saludo respetuoso de un hombre viejo que reconoce en la persona del dirigente a un héroe de la cultura” (ver artículo relacionado). Otro evento interesante en la relación entre el psicoanálisis y el nazismo, era la simpatía de Freud por el canciller Dollfuss y el trabajo que realizó con Félix Böhm, un nazi que trabajaba en el instituto Göering, con el propósito de que el psicoanálisis continuara existiendo después del Hitler (ver artículo relacionado).

Un hecho que pocos psicoanalistas mencionan, es que el Hospital Salpêtrière,  donde Freud se formó con Charcot en el estudio sobre la histeria, era una especie de carnaval parisino, donde las mujeres que allí estaban eran actrices, que hacían histerización porque continuamente había personas mirando y tomando fotografías, y no precisamente porque tuvieran alguna psicopatología.

Por otra parte, el estudio de los casos de Freud es una práctica habitual entre los psicoanalístas. Uno bastante curioso, presentado por Onfray, es el “caso del pequeño Hans”, cuyo verdadero nombre era Herbert Graf. Cuando Hans era niño, vio como en la calle se desplomaba un caballo que tiraba de un carro, y a partir de este evento desarrolló una fobia a dichos animales. Freud indica que Hans no temía a los caballos, sino que realmente temía a su padre y por ende a la castración. La historia se hace graciosa cuando años más tarde, el “pequeño Hans” siendo ya mayor y director de ópera, encuentra a Freud para desmentir su versión y decirle que su temor a los caballos no era producto del temor a su padre, sino que simplemente había presenciado un hecho que lo aterrorizó: ver a un caballo morir de repente frente a sus ojos cuando apenas era un niño.

Onfray sostiene la idea de que Freud tomó sus propias fantasías por verdad para los otros. Quizá a los lectores les surja una pregunta: si el psicoanálisis no ha sido más que una generalización de las propias fantasías de Freud ¿Cómo es posible que se haya mantenido durante tanto tiempo?

Onfray responde a esta pregunta diciendo que el psicoanálisis está organizado como una religión. Una secta en la que los más cercanos dijeron a Freud que estaba en lo correcto y tenía razón, y varios de los que dejaron de creer ciegamente en el psicoanálisis freudiano fueron expulsados, presentándo así dinámicas de inclusión-exclusión y ortodoxia-heterodoxia, como en las religiones y las sectas. Freud estuvo acompañado de un comité secreto compuesto por sus hombres de mayor confianza, cuyos miembros se comprometieron públicamente a no abandonar los principios fundamentales de la teoría psicoanalítica (ver artículo relacionado), y a quienes en acto solemne, Freud regaló un anillo a cada uno, convirtiéndolos así en los amigos elegidos. Junto con la conformación de la cofradía, vino la divulgación de la hazaña: Freud descubrió el inconsciente. Idea que se repitió en congresos, revistas, institutos y casas de edición.

Onfray menciona la biografía acerca de Freud escrita por Enest Jones (ver libro), donde relata casos e historias, y en la que se presenta a Freud como un genio desde la infancia. Se dice que nació peinado, lo que significaba un presagio del destino. Jones relata en su libro que Freud había nacido cubierto con una membrana fetal en su cabeza, hecho que se interpretó como seguro augurio de felicidad y fama. “Manto y ropaje de héroe venían tejiéndose, pues, para él, desde la misma cuna”. Ahora tenemos un presagio y un héroe que lo cumple.

Lo que no cuenta la biografía escrita por Jones, es que Freud, además de ser consumidor  de cocaína durante muchos años, trató pacientes con esta sustancia, entre ellos a un amigo suyo que murió a causa del tratamiento (ver artículo relacionado). Tampoco relata el caso de Emma Eckstein, paciente de Freud y Fliess, quienes diagnosticaron a la chica con “reflejo de neurosis nasal”, una categoría diagnóstica que establecía una relación entre la nariz y los genitales. Como parte del tratamiento, a la paciente se le realizó una cirugía que le destrozó el rostro, pues Fleiss había dejado olvidada una tira de gaza en su nariz, que produjo una infección, hemorragias y dolores. La chica quedó con la cara desfigurada para siempre. Con el propósito de proteger la imagen de su amigo, Freud mantuvo la explicación de que la hemorragia de la paciente no tenía que ver con la cirugía, sino que tenían un origen histérico y además fue presentado como un caso exitoso (ver artículo relacionado).

Finalmente, otra relación que encuentra Onfray entre el psicoanálisis y el funcionamiento de las religiones, aparte del carácter confesional y narcisista que tiene ir al analista, puesto que el paciente habla, se relata y nadie lo interrumpe, -Onfray lo denomina una celebración del ego-, radica en otro hecho un tanto curioso. A sus 37 años, Freud ya casado con Martha Bernays, renuncia a la sexualidad porque según él sublimaba su libido en la creación de la ciencia del psicoanálisis. Lo curioso del caso es después de declarar esto, se conoció que Freud seguía teniendo relaciones sexuales con su cuñada. No nos quedemos en explicaciones moralistas, sino en las que mantienen el carácter cuasi-religioso de los orígenes del psicoanálisis: un único líder que tiene presagios desde su nacimiento, acompañado de sus discípulos, cada uno de ellos con su anillo especial que los identifica, expulsión de aquellos que no se acogen al dogma y por último la elección del líder por el celibato para dedicarse a una gran obra.

A continuación encontrarán el video original con la entrevista realizada a Onfray. También pueden buscarla en castellano en http://www.youtube.com

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